Dark, Netflix

Comencé mi paseo por Winden con bastante escepticismo. Demasiados detalles me ofrecían, a priori, un paralelismo casi sonrojante con el exitazo de Stranger Things. Incluso el cartel de esta serie alemana, casi plagiado, me hizo erizar las uñas y pestañas. Pero, a partir del episodio 3, me vi metido de lleno en el Puente de Einstein y Rosen, en un agujero negro imposible de evitar. Dark, otra de esas series de Netflix que es un regalico, poco más, para las noches frías de invierno. Aquí, mi #gilicrónica.

Aún sigo rallado echando la vista 33 años atrás buscando detalles en mi vida que me hagan darle la razón a Nietzsche y su eterno retorno. Dark es una serie que continúa el renacido género del “teen terror” o, al menos, eso parecía. 8 episodios que van in crescendo, haciendo que te desprendas de prejuicios y conclusiones erróneas para meterte de lleno en esa “Triqueta” de pasado, presente y futuro que soportan los habitantes del pueblecito nuclear germano, hasta llegar al “principio y fin” de todo en los dos últimos.

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¿Noah y Helge Doppler?

Desde el principio se deja claro que no importa el qué, quién o cómo, “sino el cuándo”. 1926, 1959 ó 1986, 2019, todo conectado, todo en curva, nunca en línea recta. Me falla el frío teutón en la interpretación de varios de sus personajes pero, si bien otras series construyen su camino apoyándose en sus protagonistas, Dark deja claro que lo importante es el concepto, no quienes lo garabatean. Peones en un bucle que creen necesario tomar decisiones para guiar su futuro pero que desconocen que pierden el tiempo. El casualismo inamovible. De todos ellos me quedo con la versión panzer de nuestro siempre querido Doc Emmett Brown, el relojero que nos sirve las explicaciones pertinentes si te has perdido en algún momento al entrar por la puerta negra o salir por la blanca. Los grises también son necesarios, recuérdalo.

Guiños ochenteros (nombrar al DeLorean no sé si me produjo gustico o sonrojo) e incluso al cine más reciente (como los continuos “dejà vus” o “errores en la matriz”) aderezan una serie que goza de todos los elementos que se detallan cuando buscas “thriller” en la enciclopedia de cine. Incluido el  malo malísimo, con apariciones a cuenta gotas hasta su eclosión, y su secuaz mutilado, los cuales, a riesgo de que me tachéis de cultureta, me recuerdan fuertemente al “Doctor Caligari”. Mucho. Cosas mías de cuando me doctoré en cine expresionista alemán. Prescindible absolutamente la trama sentimental entre policía y masajista. Jovenzuelos en bicicleta, dilemas morales, críticas al progreso, vergüenzas humanas, referencias bíblicas, científicas, filosóficas … ingredientes que solo espesan la sopa que se pretende degustar: ¿realmente tienen influencia nuestros actos y decisiones en el devenir de los días o por mucho que nos empeñemos tenemos un destino fijado que se repite una y otra vez? Una pregunta que empaña el final más que previsible y que deja la puerta abierta a una segunda temporada que me genera aún más dudas. Los dos capítulos finales, que nos explican a ritmo de marcha militar los posibles interrogantes que arrastras en los ocho anteriores, muestran una prisa desmesurada a la hora de cerrar el bucle dejando en entredicho lo que antes se nos había cuestionado reduciéndolo todo a una dualidad, y no “Trinidad”, perenne: el bien contra el mal.

En definitiva, otra serie que Netflix nos entrega para su disfrute. Sin preguntas. Sin pretensiones. Solo echar un buen ratico oscuro esperando a una segunda temporada ya confirmada. Visiten Winden. Yo volveré pero no prometo quedarme.

@disparatedeJavi

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Lo sé mamá, también me acojona la segunda temporada.

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