El parto de la criada

Éste es el texto que escribí al ver el episodio 10 pensando en que con él acababa la segunda temporada. Hoy, tras haberla finalizado, cambio muy pocas letras. Sin spoilers.

Ayer finalizaba la segunda temporada de una de las series que más lo ha petado en la pequeña pantalla, The Handmaid´s Tale en HBO. Aquí, mi #gilicrónica sin spoilers de esta magnífica ficción no tan lejos de la realidad.

Hace unas semanas, creo recordar que con el cuarto episodio emitido, leí un artículo en el que muchas mujeres habían dejado de seguir las desventuras y sufrimientos de June/Defred por tildarla de “porno de tortura”. Parte de razón no les falta puesto que esta temporada ha subido el listón en cuanto a perrerías sufridas por sus protagonistas de la mano de los psicofanáticos de la despreciable República de Gilead.

Al final de la primera temporada (coincidente con las últimas líneas de la novela de Margaret Atwood) se dejaba entreabierta una fina cortina de esperanza para el papel interpretado de modo sencillamente espectacular por Elisabeth Moss. Pero resultaba evidente que el material que dejaba el libro iba a ser bien exprimido por los showrunners. Como así ha sido.

Esta segunda entrega ha jugado a lo largo de sus diez episodios con la dualidad de todos y cada uno de sus personajes. El despreciable Waterford y su miserable esposa Serena nos han mostrado la fina línea que separa la cordura del más absoluto desequilibrio. De las luchas internas entre el amor propio de un ser humano y su rendición ante principios impuestos bajo el siempre peligroso fanatismo religioso. Del poder del miedo. De la invencible fuerza de la esperanza. De las mil y una formas de castigo y flagelación que una persona puede sufrir o querer infligirse bajo el manto de unas creencias irracionales. De la capacidad de lucha y aguante del ser humano. De LA MUJER. De lo mucho que debemos aprender de ella.

Pero nada más lejos de la realidad el tildar esta magnífica serie como “ficción para mujeres”, como he tenido que escuchar de algunas deficientes bocas. En absoluto. Ellas, sin duda, serán las que más vean mellado su espíritu y a la vez reforzada su lucha, pero los que estamos a su lado sufrimos, nunca igual, las sonrojantes similitudes que con la realidad actual hay en estos guiones. No hace falta encender la caja cada vez más tonta para darse cuenta.

La fotografía, los gritos en silencio, primerísimos planos, miradas que dicen todo y más … puede que estemos ante uno de los lienzos televisivos más terriblemente preciosos que hayamos visto en este mundo creciente de las series. Es imprescindible en muchos aspectos.

Soy de los que piensan que hay que ser muy valiente para saber cuándo poner fin a una historia por mucha audiencia y, a la postre, dinero que genere la serie de éxito en cuestión. Y es lo que he sentido a lo largo de esta segunda temporada con un final que, evidentemente, deja el camino asfaltado para una tercera. Aunque con un germen distinto. Lo mismo me sucedió al enterarme que habría continuación de la también excelsa Big Little Lies de la misma cadena. Historias redondas, certeras, cuyo mensaje ha calado a sangre y vergüenza en el telespectador pero que los productores se niegan a dejar.

Tal vez con tres o cuatro episodios más se podría haber cerrado la odisea personalizada en June.

En absoluto implica esto que vayan a perder un fiel seguidor en su próxima entrega pero el espíritu, ganas, ansia por seguir viéndolas, en mi caso, se ha reducido a conocer algo más de determinados personajes y no de la historia en sí. Si aún no habéis visto esta indescriptible obra, estáis tardando.

@disparatedeJavi

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¿No quieres caldo? ¡Pues toma dos tazas y espera a la tercera!

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