Los avances de esta semana en Batalla de restaurantes ya nos hacían presagiar un desastre de magnitudes incalculables en nuestra vergüenza ajena y en la de los vecinos y clientes de los cuatro elegidos para el bochorno. Poco debe faltar si el programa de ayer no es en el que más sangre ha debido tragar Alberto Chicote en toda la parrilla recorrida. Aquí, la gillicrónica de #BatallaZaragoza, matanza de migas.

Porculera, insoportable y poligonera. ¡Gano fijo!
Si es que, como las migas de harina de La Comarca no hay nada. Voy, que me disperso. El primer púgil de la noche, Francisco “Pepito Ternera” Bernad, al que le gustaba sentirse querido, pero desde el principio vimos que había escogido un mal grupo de terapia. La segunda, la gran villana de la noche: Cristina “la Pinky Porculera del polígono” Martínez, una verdadera académica de la lengua. Llegaba al ring Carlos “el récordcitos” Gilarte, el pequeño propietario de “Los gigantes”. Traumitas y culo quemao tras estar 48h seguidas ante las brasas y hacer migas “tradicionales” con pulpo. Todo bien. Por último conocíamos a Cristian “me cargo la receta de migas de mi madre cada vez que entro en la cocina” Yañez, de “La Ternasca”. Todo listo para la Royal Rumble que vivimos anoche.

Que todavía haya personal que no pase el lanzallamas en la cocina antes de la grabación.
Y como suele ser habitual en el programa, la primera lucha en barro sería en su casa, conocida por todos los demás. Desde el minuto uno vimos que Pepito Terneras y Pinky Porculera iban a requemar el pan, antes de descubrir al primer gran guarro de la temporada con el paso por la cocina de “La ternasca”. El “gigante Gilarte” nos contaba su gran idea de batir el récord, sólo que tuvo que pedir un anexo de horas por culpa de un mexicano. El Terneras preguntaba, Gilarte ya se rebotaba. Todos eran más que amigos ya. Llegaba el plato estrella, migas con “por qué me rompes el huevo” y echas melocotón en almíbar picante, cabrón (les faltó decir). Un “arroz de mierda”, churrasco insulso y sin rematar, costillas con sabor congelado y unos caretos con los que no me gustaría sentarme ni en una manta de picnic. La cuenta ascendía a 162.50 y la nota un 2,6. Comenzaba la guerra. La salvación se antojaba muy cara anoche y yo, iluso de mí, la ponía en un 4.3.

Mis migas no estaba resecas.
Nos trasladábamos a casa del pequeño Gilarte, sus “Gigantes de viento”, la “alta taberna” de Pepito Terneras, que seguía su disputa dialéctica a cada segundo con Pinky Por. Para nosotros, insoportable. La camarera tampoco ayudaba mucho al ambiente afirmando sin pestañear que las alcachofas eran frescas. Migas secas con “puntitos negros”, con pulpo como manda la tradición, y hoy, sin huevo directamente. Carne a parte, y plato de salmón de fast coach de Instagram, comprobé anoche que pasó muy, muy desapercibido el tataki de atún negro que le sirvieron a Alberto. La educación y respeto seguía repartiéndose a hostias iguales por la mesa. 106.25, por mi Gilarte te la hinco antes de que me deis un 2.7. La vergüenza era ya nivel premium viendo cómo se despellejaban unos a otros.
Pepito Terneras y Gilarte, avistados anoche en las tascas de Zaragoza.
Al polígono que nos marchábamos a ver el “local desactualizado”, según Cristian “alma de ternasco rockero”. Vamos, un restaurante como los hay en todos los enclaves como este. Eso si, espero que a los curreles de la zona les hable un poquito mejor que anoche a todo lo que se meneaba ante ella. Mientras tanto, el pequeño y el gigante hicieron un amago de pelea, imagino que embriagados por el olor a pescado de la nevera, de patio de colegio. Pero de patio de párvulos. Papel plata en los fogones a parte, llegaban las migas de Pinky Por y su marido de 12. Aparentemente las mejor ejecutadas, servidas en cuenquejo frío y justo antes de la llegada de la palabra mágica de los que no saben distinguir realmente a qué se debe un sabor potente: “polvitos”. La cara de Alberto entre tanto MACARRA, el romancero gitano. Arroz para disparar en la feria, más “polvitos”. Pobre marido. Un precio final acorde al lugar, 58.40€ y un boletín informativo de 2.9 que ya me convencía de que nadie iba a llegar al 3.

– Yo tuve un ictus. – Yo más. – Pero yo me llamo Carlos.
Último asalto en casa de Terneras, que, todo hay que decirlo, fue el único que al menos mantuvo el tono dialéctico durante todo el programa. A Pinky Por que camina por un salón rancio a diario, le parecía “plano” el lugar, como su capacidad de empatizar. Anoche supimos que tener género congelado es lo más sangrante que puedes hacer en hostelería. Empresas mundiales reían. Las sartenes nuevas en la pared, también. Croquetas misil no tan cercanas a lo Ibérico, bien maridadas con la incontinencia verbal de la villana infiltrada, antes de las migas que, como era de esperar, no iban a ser bendecidas. Me contaran y dijeran las chorradas que quisieran, los ojos no engañan y, como cocina, fue el único que se le pareció. Y así lo admitieron, pero el escaso riego de honor y honradez que circulaba por los mandiles anoche se confirmó tras los 176.50: un 1,1, récord de Batalla de restaurantes. Muy, muy vergonzoso todo.

En la siguiente Romería maña, les hacía yo este paseito a los cuatro.
Hoy no pienso dar más bola a estos cuatro energúmenos de la profesión. Pinchad aquí si queréis revivir la miseria humana servida anoche en Zaragoza. Grande, muy grande Alberto Chicote dejándoles claro que la única palabra para tanta inmundicia craneal era “VERGÜENZA“.
Sus puntuaciones nos aclaraban que el marido de Pinky Por no era de 12, pero si un hombre que cocinaba. Aunque si alguna vez el voto de Alberto iba a influir más bien poco en nuestra percepción, fue anoche. Semejante despropósito de mala educación, falta de compañerismo, honradez, saber estar y, “esa palabra harto extinta”, honor, absorbieron cualquier conato de atender otras cosas. Tal vez Pinky tenga su momento de gloria en el Polígono ahora mismo, pero el que teclea tiene clarísimo que no se sentaría a la mesa de ninguno de los cuatro.
Gilicrónicas, las auténticas.

“La dignidad no se encuentra en una casa bonita, sino en cómo tratamos a nuestros semejantes”.